Durante la infancia, se dan muchos comportamientos obsesivo-compulsivos que no corresponden al trastorno obsesivo compulsivo (TOC). El niño sano desarrolla rituales sin que estos interfieran en el resto de su vida y de su comportamiento. Puede jugar a no pisar las rayas de la acera mientras camina, llevar el día del examen un objeto concreto que considera que le da suerte, mostrarse muy meticuloso con sus pertenencias personales, ser autoexigente con sus estudios o comprobar que la puerta de la entrada está perfectamente cerrada cuando se queda solo en casa. Pero este chico es alegre, tiene amigos, es sociable, su proceso de aprendizaje es correcto y va bien en el colegio.

 

En cambio, estos mismos rituales generan estados de ansiedad, de malestar y de falta de control a niños con un TOC. Cambia su comportamiento y su carácter, baja su rendimiento escolar y les cuesta hacer amigos. Sus obsesiones se centran en temas sobre la muerte (posibilidad de morir ellos o algún pariente), en las diferencias sexuales entre niños y niñas (creyendo que no deben pensar en ello y que tener estas ideas no está bien), en las enfermedades de sus padres o de ellos mismos, en el miedo a contaminarse o en el temor de equivocarse.

 

Estas obsesiones se corresponden a rituales parecidos a los de los adultos, como lavarse de forma continua, limpiar constantemente, realizar comprobaciones una y otra vez, preocuparse de manera excesiva por el orden, acumular cosas sin desprenderse de nada o repetir de forma incesante una acción para que no pase "nada malo".

 

El TOC infantojuvenil puede empezar a manifestarse cuando el niño tiene entre ocho y nueve años, aunque se han registrado síntomas a la edad de tres y cuatro años. La edad de inicio más frecuente se sitúa entre los 15 y los 20 años. Aunque la prevalencia ronda el 2%, los expertos consideran que puede ser aún mayor si se tiene en cuenta lo difícil que resulta identificar casos de TOC entre esta población, tanto por ser una enfermedad que los familiares no saben reconocer o "niegan" como por tratarse de un trastorno psiquiátrico que se desarrolla con frecuencia asociado a otros trastornos psíquicos (e incluso muchos padres lo asocian a rarezas o "cosas de niños" que irán pasando con la edad).

 

Con un tratamiento adecuado, la mejoría del niño con un TOC es considerable y éste acaba por adaptarse y llevar una vida relativamente normal. Para ello es necesario coordinar los esfuerzos de médicos, psicólogos, familiares y profesores, así como conocer las características del trastorno por parte de familiares y maestros para contribuir a su desarrollo y aprendizaje normal.